Cuando los padres subimos al escenario: un sueño cumplido en el colegio

Entre todas las cosas que siempre piensas, pues tengo que reconocer que nunca pensé que acabaría subiéndome a un escenario en el colegio de mi hijo. Sí, como si fuera un actor de esos de teatro. Lo más cerca que estuve es cuando vi la película Ay Carmela! y pensé que sería una buena idea.

Todo empezó, como suelen pasar estas cosas, como una idea sencilla, casi una broma entre varios padres a la salida de clase. Y sí, luego se concluyó con unas cañas. Comentábamos que estaría bien hacer algo especial para la fiesta del colegio, algo diferente. Y claro, todos pensaron en lo de siempre, organizar un karaoke, un taller de juegos, etc.

Poco a poco, esa idea fue cogiendo forma hasta convertirse en una ilusión muy grande. La idea estaba en marcha, íbamos a montar una actuación teatral hecha solo por padres y madres.

Desde el principio sabíamos que no sería fácil, pero yo pasar estas cosas soy bastante cabezota. Ninguno de nosotros era actor profesional, (solo alguno había hecho algo cuando era pequeño), y es que en la generación EGB era muy habitual tener esta actividad.

Aun así, la ilusión podía más que el miedo. Decidimos organizarnos bien y tomárnoslo en serio. Ya os digo que yo cuando hago las cosas, se hacen bien. Como decía el gran José Mota: “ir para ná, es tontería”.

Así que lo primero que hicimos fue formar un pequeño grupo y empezamos a reunirnos. Elegimos una obra sencilla, divertida, pensada para que los niños la disfrutaran y los adultos también. Ese fue el primer gran paso.

La preparación

La preparación duró más de un año. Durante ese tiempo, recuerdo perfectamente que nos reuníamos una o dos veces por semana, casi siempre por las tardes o los fines de semana. Incluso dejábamos de ir al fútbol, que para nosotros es algo como una religión.

Hay que reconocer que no fue fácil compaginar los ensayos con el trabajo, la casa y la familia. También recuerdo que hubo días de cansancio, días en los que alguno no podía venir. Pero siempre había alguien que animaba al grupo y sacábamos las fuerzas de cualquier sitio.

La organización fue clave. Antes de la actuación, repartimos tareas. Algunos se encargaron del vestuario, otros del decorado, otros del sonido y la iluminación. Yo participé en el grupo de organización general, ayudando a coordinar horarios y ensayos. También hablamos mucho con el colegio, que nos apoyó desde el primer momento. Nos cedieron el salón de actos para ensayar y nos ayudaron con todo lo que pudieron.

Los ensayos fueron mejorando poco a poco. Al principio nos olvidábamos del texto, hablábamos demasiado bajo o nos reíamos en medio de las escenas. Pero con el tiempo ganamos confianza. Empezamos a sentirnos como un verdadero grupo, casi como una pequeña compañía de teatro. Y esto como en todas las cosas, nos íbamos ayudando unos a otros.

El día de la actuación llegó más rápido de lo que esperábamos. Estábamos nerviosos, pero también muy emocionados. Durante la mañana hicimos las últimas pruebas de sonido y vestuario. Antes de salir al escenario nos dimos un abrazo colectivo. En ese momento sentí orgullo, no solo por mí, sino por todos los padres que habían estado ahí durante más de un año, sin rendirse.

Durante la actuación todo pasó muy rápido. Las luces, el silencio del público, las risas de los niños… Fue mágico. Cuando terminó la obra y escuchamos los aplausos, muchos no pudimos evitar emocionarnos. Había sido un éxito. Los niños estaban felices, los profesores agradecidos y los padres del público muy sorprendidos.

Después de la actuación también hubo que organizar cosas. Habíamos contratado un catering de La Farolita para celebrar el final de todo el trabajo. Comió toda la compañía, padres y madres actores, junto con algunas personas que habían ayudado detrás del escenario. Fue un momento muy especial. Por cierto, calidad tremenda. Aún recuerdo unos pinchos que nos sacaron que estaban buenísimos.

Compartimos comida, risas y recuerdos. Hablamos de anécdotas de los ensayos y de los nervios del escenario. La comida estaba deliciosa y fue el cierre perfecto para una experiencia tan intensa.

Al final, cuando todo terminó y recogimos el material, sentí una gran satisfacción. Habíamos cumplido una ilusión que parecía imposible. Más allá del éxito de la actuación, lo más importante fue el camino: el esfuerzo compartido, el compañerismo y el ejemplo que dimos a nuestros hijos. Y sí, ya hemos dicho que para el año que viene vamos a volver a repetir. Aunque en esta ocasión me quiero pedir el actor principal.

 

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