El teatro, un lujo que no está al alcance de todos

6 febrero, 2017
El teatro, un lujo que no está al alcance de todos

Hace unos meses hablamos sobre el gran número de teatros que tenemos actualmente en España en un estado que deja mucho que desear. Algunos abandonados y otros en un estado lamentable que no hacen más que evidenciar la falta de inversión del Estado hacia la cultura. Un cementerio de teatros, se llamaba ese artículo, y hoy vengo a demostrar que más de un año después, la situación sigue igual de desesperante, sobre todo para el pequeño teatro, el teatro amateur.

No es lógico entrar en los vestuarios de un teatro y encontrar insectos corredores que os aseguro que no deberían estar ahí, ni encontrar restos y basura de funciones previas en cada rincón del camerino, pero así es España, o más bien, así es el Teatro Amateur en España.

A los actores aficionados y a las pequeñas compañías no nos invitan a los grandes teatros. Es muy difícil que actuemos en el Teatro Lope de Vega de Madrid o en el Teatro Real, y tampoco pisaremos el escenario del Teatro Apolo de Barcelona, ni el Góngora en Córdoba, o el Corral de Comedias de Almagro, y es lógico que así sea (ni lo pretendemos ni lo intentamos), pero es que, además de todos esos maravillosos teatros, hay muchos otros que pasan desapercibidos para el gran público, teatros como el Teatro Wagner de Aspe, la Casa de Cultura de Cocentaina, o el Teatro Arniches de Alicante que, gracias a Dios, ha sido reformado recientemente, y todos esos pequeños teatros de pueblos y ciudades que abren sus puertas para nosotros, los actores de pequeñas compañías y teatro amateur, tienen un hándicap frente al resto: la falta de presupuesto.

Puede que el Estado invierta en los grandes escenarios, en tener contentos a las grandes compañías de danza, teatro y performance, pero las instalaciones de los teatros menos conocidos dejan mucho que desear y no porque no sean bonitas (algunos de esos teatros son auténticas joyas arquitectónicas) sino porque no interesa económicamente invertir en ellos, así de claro. Por eso hay veces que me entran ganas de dar al Ayuntamiento el teléfono de Flodesin, que hace una gran labor de desratización en Tenerife, con el fin de que hagan lo mismo con teatros de otras provincias españolas, o el teléfono de esta empresa de productos de limpieza industrial para ver si pillaban la indirecta y alguien se decidía a adecentar un poco el espacio porque, como ya he dicho, no es ni medio normal ver clínex usados por el suelo de un teatro, aseos sucios y cucarachas o ratas paseando a sus anchas por los pasillos. No es normal.

Y seguimos con los cierres

En Cataluña, el Teatro Principal de la Rambla echa la persiana, no hay rastro de la empresa que gestionaba el teatro y la web está “permanentemente cerrada”. El Teatro Pérez Galdós de Las Palmas se une a la moda de las rutas de pinchos, imagino que para captar a más público, la sala La Imperdible de Sevilla cierra este próximo junio, el Teatro de la Palabra pone el candado a sus puertas y podría seguir con una larga e interminable lista de teatros y salas culturales que se cierran en España año tras año. No hay derecho, no lo hay, pero es lo que ocurre.

Es maravilloso que se reacondicionen los grandes teatros, que se rehabiliten sus fachadas y que se invierta para que el teatro nunca muera, pero el problema es que siguen invirtiendo siempre  en los mismos, y el teatro se está convirtiendo en una especie de ocio elitista al que sólo tienen acceso las clases más pudientes de nuestra sociedad. Una entrada para el Teatro Principal puede tener un precio que oscila entre los 15 y los 45 euros (dependiendo de donde te sientes), por lo que una pareja debería gastar como mínimo 30 o 90 euros para ver una obra (y ya no hablemos de lo que puede gastar una familia). Pero la entrada a los teatros amateurs, a veces gratuita y otras veces insignificante (del orden de los 3 a 5 euros) está muriendo por falta de fondos y por falta de protección.  Ahora tenemos un teatro snob, un teatro elitista, un teatro al que la mayor parte de la población no puede asistir, tal y como ocurría hace un siglo, tal y como ocurre ahora.